Uno nunca sabe cuando se da el último abrazo, odio cuando mis frases se materializan, me repito algunas noches cuando se me empañan los ojos mientras conduzco de prisa para llegar a mi zona segura, el cuarto rojo.
Hoy decidí volver a éste lugar que está hecho para leerme a mi misma, es otro de los espacios vacíos que he creado para refugiarme y quizás engañar mi mente simulando que no estoy sola, pero si lo estoy y es producto de mi propia conducta, a lo largo de mi vida me la he pasado costruyendo mi soledad, conviertiendola en mi única compañía.
Esa misma que algunos días me reclama por las perdidas que propicio y que ésta noche mientras conducía por el asfalto mojado, presa de mi sensibilidad hormonal mensual, desataba el nudo de la garganta que se anudó ese miercoles santo, mientras le daba el último abrazo a un te amo que se abortó antes de vez la luz de sus días.
Y es que ya no hablo para él, ni lo imagino en el puesto de copiloto como solía hacerlo, tampoco le cuento mis secretos, ni las historias de mis libros. Ahora lo conjugo en pasado y cuando quiero oírlo o hablarle me refugio en un chat que cada día se hace más viejo y repaso una y otra vez las líneas y los audios para no olvidar el tono de su voz, la melodía que reproducia su sonrisa y las metáforas que usaba para describirme en los momentos lindos donde no era ni insoportable, ni inoportuna.
En busca de una personificación he llegado a concluir que fui algo así como una cucaracha que entre más la espantaban más insistia en permanecer, pero que finalmente fue aplastada por una realidad inminente.
Escribo para dejar de estar triste y para tratar de comprender que es posible vivir de los recuerdos de los lugares, los libros, las canciones, los viajes, las comidas, el café, el vino, las pinturas, los textos, los sueños, los proyectos, los dias, las noches y los minutos en los que fuimos si ser y estuvimos sin prejuicios, reglas y menos limites.
Extrañar un abrazo es el sentimiento más perro que he descubierto este año, porque en un abrazo se recostruye un ser y se repara el alma, pero bueno si morí para su existencia ya tampoco debe haber un alma que reparar.
Escribo para que mi mente se silencie y deje de hablarme de él cada día, de hacerse preguntas absurdas y de darse respuestas canallas, escribo para ser un fantasma que toca esa humanidad sin perturbarla, que tiene el coraje de resistirse a las ganas de acercarse, que se mantiene a la distancia adecuadad para no invadir nuevamente, para verlo detras de un vidrio sin la posibilidad de tocarlo, escribo para saciar mi deseo y para agotar las palabras que no le dire. Nunca quise ser muerte porque el agua es vida y la niebla es agua, pero terminé siendo ese algo del que hay que alejarse o peor aún que hay que exterminar para poder seguir adelante.